viernes, 17 de diciembre de 2010

El ataque a los Orcos



Capitulo XIV

El pobre Carlos no le quedo otro remedio que dejarse arrastrar por los imponentes Centauros. Estos lo sacaron del reino, y lo llevaron a la fuerza hasta un bosque.
-Si te vas por ese sendero llegaras a tu hogar. No tenemos nada contra ti, pero son órdenes del rey- dijo uno de los Centauros
- Si, es una lástima que nuestro Rey sea tan desagradecido. Llévate este arco y estas flechas. Te servirán para cazar animales en el camino y poder alimentarte- dijo el otro.
El muchacho tomó el arco y flechas del cuello del Centauro y le dio las gracias con mucho desanimo.
Carlos se fue muy desanimado a su hogar, había dejado una buena amiga, y sabia que la iba a extrañar.
- Aquí nos despedimos. Muchacho ten mucho cuidado, ese bosque tiene algunos peligros-
- Hasta luego, sin embargo, estoy seguro que nos volveremos a ver-

A medida que Carlos se adentraba en el bosque vio como se alejaban los Centauros trotando en la distancia.
Mientras tanto el rey ya estaba organizando su batalla contra los Orcos. Se dirigió a sus fieros Centauros y dragones aliados convocándolos a batallar con los Orcos.
Lucecita lo observaba con indignación. No entendía porque su padre tenía que tener esa actitud de batalla siempre. La mayoría quería un poco paz, además para ella, esa batalla era sola una excusa para pelear. De todos modos ella se encontraba muy bien, y gracias a su amigo Carlos.
- Padre, eres una cabeza dura ¿Qué necesidad hay de esta guerra? Yo me encuentro muy bien.-
- De modos hay que erradicar esos Orcos. No me convencerás de lo contrario. Te quedaras con tu madre-
- Amado pueblo, mañana saldremos en busca de esos Orcos, y cuando los encontremos los destruiremos quemando su población, de eso se encargarán los dragones-
El pueblo lo miraba con resignación. Amaban a los nobles Centauros, sabían que pocos sobrevivirían.

Al día siguiente salieron el rey, los Centauros y los fieros dragones escarlata. Los dragones iban a la delantera ya que ellos eran los que iban a atacar. Se desplazaban volando por el firmamento a una velocidad sin límites. Paralelamente los Centauros galopaban a toda prisa atravesando el bosque. Carlos sintió el galope de los Centauros, y decidió seguirlos sin ser visto. Después de algunas horas se encontraron cerca de la tierra de los Orcos.
- Atacaremos en la noche. En ese momento estarán todos durmiendo- dijo el rey.

Cerca de la media noche los dragones emprendieron su primer ataque, y destruyeron muchos hogares. Eran unas chozas mugriantes. Carlos lo presencio todo. Sintió lastima por los Orcos. No se merecían ese destino.
Después atacaron los Centauros con sus arcos y flechas, y dejaron sin combate a muchos orcos. Estos no se esperaron ese ataque del rey. Sin embargo dos Orcos se percataron de la presencia del rey e idearon un plan, atraparían desde la retaguardia. El viejo rey estaba peleado con su espada con varios Orcos, y no se dio cuenta de la presencia de dos Orcos que le venían por detrás. Lo atacaron proporcionándole una gran herida en la costilla.
- Te mereces esto por la muerte de mi familia- dijo uno de los Orcos.
El otro Orco ya se disponía a darle muerte con su espada cuando Carlos hirió a los dos Orcos con dos flechas fulminantes.
- ¡Venga conmigo! Agarrese a mis hombros- le dijo Carlos.
El rey se dejo caer en los hombres de Carlos, y este lo arrastro detrás de un gran roble.
- Descanse. Tome agua. –
Carlos agarró la cantimplora se la puso en la herida del rey. Se quito su camiseta y la rompió en varias partes y lo vendo con cuidado.
-¿Porqué haces esto?- le pregunto el rey sorprendido.
- los humanos tenemos sentimientos nobles también. Todos no somos violentos y despreciativos-
El rey estaba sorprendido. Se había equivocado tanto con el muchacho.



Sigue Leyendo

viernes, 26 de noviembre de 2010

El padre de Lucesita




Capitulo XIII



Los muchachos descansaron y después de desayunar emprendieron el viaje a la tierra de Lucecita. Lucecita tenía cierto temor. Sabía del temperamento de su padre y tenia cierto temor por lo que podría pasarle a Carlos.
- No te preocupes Lucecita. Todo saldrá bien- dijo Gruñón dándose cuenta de la preocupación de la pequeña hada.
Gruñón no era muy afectuoso, y un poco seco, pero en ese momento la abrazo para que se tranquilizara. Lucecita sonrió y, y hizo el mayor de los esfuerzos para no angustiar a su amigo quién ya estaba empezando a preocuparse de la actitud de su amiga.


Después de bajar la colina se encontraron se encontraron con un majestuoso castillo de cristal. Se encontraba custodiado con Centauros y Unicornios.
Uno de los Centaurios reconoció a Lucecita y a Gruñón.
- El prodigo hijo vuelve a casa- dijo el Centauro mirando al humano con desconfianza.
- Pero, ¿Quién es ese?- le pregunto al otro Centauro.
- Me parece que es un humano- dijo con desprecio.
- Me llamo Carlos- dijo fuertemente el muchacho.
-Deja que el rey se entere. No me gustaría estar en tu pellejo- dijo el unicornio.
- Avísale al rey que ya llego su hija, pero tiene acompañantes-
El rey no tardo en salir del castillo, aunque Lucecita se esperaba lo peor, el Elfo se acerco a ella y le dio un gran abrazo y la cubrió de besos.
- Creíamos haberte perdido-
- Veo que volviste- le dijo con antipatía a Gruñón.
-No seas rencoroso. No te parece que eso paso hace algún tiempo-
- Me abandonaste cuando mas lo necesitaba. Necesitaba tus consejos con respecto a los Orcos-
El rey se percato de la presencia de Carlos, y al verlo le dijo rápidamente a los Centauros.
- ¡Atrapen a ese humano!- No queremos esa especie aquí-
Entonces en un momento, el pobre Carlos se vio rodeado de Centauros que le impidieron el paso. Lo empujaban violentamente hasta llegar a un pozo profundo.
- No le vas hacer nada a ese muchacho. Gracias a él tu hija esta viva- dijo Gruñón
-¿cómo?-
- No me importa. Esa especie es muy dañina- dijo el rey.
- Entonces tendré que usar mi magia para que me escuches- dijo el mago.
- Centauros, suelten al muchacho. Vamos a ver que tiene que decir Gruñón.


Fue entonces cuando Gruñón le relato todo lo acontecido a los muchachos, y como habían llegado a su cueva.
-¡Esos orcos! Me las pagarán. Mañana mandaré una cruzada para destruirlos- dijo el Elfo.
- Ya ha pasado todo, y Lucecita se encuentra bien. No es necesario una guerra que traería solo destrucción- dijo Gruñón.
El rey se encontraba fuera de si. Tenia un temperamento implacable, y cuando se le metía una idea en la cabeza nadie lo podia sacar.
-Suelten a ese muchacho, y cerciórense que mañana se vaya a su tierra. No quiero humanos cerca-
Los Centauros lo soltaron. Sentían cierta lastima por el muchacho. Había cuidado mucho de Lucecita, y se merecía todo su apoyo y consideración. Pero desgraciadamente el rey era soberbio, y desagradecido y tenia cierto desprecio por los humanos.


Sigue Leyendo…

viernes, 12 de noviembre de 2010

Lucesita y Gruñon




Capitulo XII

Carlos se acercó a la pequeña hada y le dio un  gran abrazo y un beso en cada mejilla. Lucecita se ruborizo ya que no se lo esperaba.
-¿Cómo te encuentras? le preguntó Carlos
- Un poco enfadada, pero me alegro que estés aquí. No quiero permanecer en ese sitio más tiempo- dijo disgustada  lucecita.
- Tienes razón. Todo ha sido muy desagradable para ti.

Canela y Paletas la miraban con  cierta antipatía. A Paletas no le gustaban mucho las hadas, eran muy presumidas. Pero a lo mejor, ella era diferente.
-Él es mi amigo Paletas, y me ha acompañado todo este tiempo, sin él no me hubiese salvado de las pirañas del río.
Lucecita sonrío levemente. A pesar de que sintió ciertos celos del Castor le dio un gran abrazo y le acarició su pequeño lomo.
-¡Cualquier amigo de Carlos es amigo mío!
- ¡Muchas gracias! Todo es muy extraño. Nunca había conocido una hada, pero ya que Carlos me ha hablado con tanto cariño de ti pensé que podrías ser especial. Mis hermanos Castores no les tienen mucha confianza. Dicen que practican su magia con nosotros, y a algunos de ellos los han convertido en peces solo para divertirse- dijo el Castor.
- ¡Yo jamás haría algo como eso!
- ¡ Eso espero!
De todos modos Paletas la miraba con prudencia. Sabia que las hadas eran muy temperamentales, y quería ser víctima de ningún hechizo. Después de que se enfriaron un poco los ánimos Carlos, Lucecita y el Castor se despidieron amablemente  de las Liebres y emprendieron su trayecto.

El Castor, Carlos y Lucecita se despidieron amablemente de las liebres y emprendieron de nuevo su trayecto.
-¡Ya estoy cansada de este tamaño! Un día de estos nos va a comer un sapo- protestó Lucecita
- Bueno, vamos a resolver el problema
- Cerca de esa colina  vive gruñón. No perdamos tiempo- replicó Lucecita
-¡Un momento! Yo no los acompaño. Seguramente cuando sean de su tamaño original, no podrán oírme- dijo el Castor.
-¿Es eso cierto? preguntó extrañado Carlos
- ¡Es verdad! Ahora lo escuchas porque eres pequeño de estatura, pero después será todo diferente- respondió Lucecita.
- ¡Que lastima! Te había agarrado mucho cariño. Has sido un buen amigo. No te olvidaré- dijo Carlos
- ¡Allí hay un río! Me divertiré recogiendo algunas ramas. Estoy seguro que pronto vendrán mis hermanos-
Carlos le dio un gran abrazo y se despidió de su amigo con nostalgia.
Lucecita y Carlos emprendieron la marcha hasta llegar a la colina. Les tomo 5 horas hasta llegar a la cueva de Gruñón. No sabían cómo se comunicarían con él, ellos eran tan pequeños.
-¡Tengo una idea! Vamos agarrarle su vara mágica – dijo repentinamente Lucecita.
- Hay que tener mucho cuidado- advirtió Carlos

Con mucho esfuerzo Lucecita y Carlos movieron la vara mágica y se escondieron detrás de una piedra. Gruñón era un viejo mago ya con algunas mañas por la edad, y no le gustaba separarse de sus posesiones.
-¡diantres! ¿Dónde se encuentra mi varita? ¿Dónde la pondría? Repetía el mago.
Esta varita no la conozco muy bien, y además es muy pesada, si logro que salgan una pequeñas chispas, estoy segura que llamara su atención- susurró Lucecita.
Y entonces sin que Carlos la puédese detener, Lucecita dijo unas palabras incomprensibles y de repente aparecieron varias estrellas brillantes en toda la cueva.

Gruñón buscó a la varita hasta que la encontró detrás de la piedra, y entonces se percató de la presencia de los muchachos.
-¿Qué hacen en mi cueva? Apenas los veo voy agrandarlos
-¡Lucecita! ¿Qué te pasó?
- Es una historia muy larga- respondió el hada
-¡Yo pensé que nos matarías! dijo alarmada el hada
-¡No ocurrió! Dijo el mago gritando con mucha fuerza.
- Te oímos perfectamente- dijo Carlos
- Es que estoy más viejo, y un poco sordo- dijo el viejo mago.
- Tu padre te ha estado buscando por todos lados. Ha mandado sus mejores Centauros para encontrarte. Te va castigar cuando te encuentre. Tú sabes que él es muy celoso con sus hijas, y cuando vea a este humano va ser peor-
¿Podrías ayudarme,? Pregunto Lucecita
-¿Cómo?-
 - A pesar de que te has alejado de nosotros, mi padre te respeta mucho-
-¡ya pensaré en algo! Ahora descansen-


Sigue leyendo.....

sábado, 6 de noviembre de 2010

Las zanahorias Durmientes



Capitulo XI

Los simpáticos Gorriones se despidieron de nuestros amigos. Todos estaban muy contentos, y deseaban con gran ilusión volver a casa. Llevaban a cuestas tres inmensas zanahorias. Tuvieron que hacer varias paradas  ya que el peso de las Zanahorias era muy grande. Hicieron una parada a media tarde debajo de un Cedro inmenso para descansar, y todos quedaron profundamente dormidos debido al cansancio acumulado. Sin embargo, Tapitas dormía con ojo medio abierto. El olor de las Zanahoria lo tenía mareado. Y sin pensarlo dos veces empezó a mordisquear a una  de ellas. Era tan  deliciosa para el pobre animal, le gusto tanto que se comió además las pequeñas hojas que se encontraban en el extremo de la misma. Al poco tiempo sintió que se le dormían sus patas, su cola y todas sus extremidades, y como era de esperarse se quedó profundamente dormido en pocos segundos.

Paletas y Carlos se despertaron muy felices, y se sorprendieron mucho de ver a Tapitas dormido entre los matorrales.
- Ese Tapitas es un dormilón. ¡Pobrecito! Estaba muy cansado. ¡Despierta Tapitas! Tenemos que seguir- lo llamo Carlos.
Pero Tapitas no movió ni un músculo.
- ¿y qué le pasará a esa liebre?- preguntó gruñendo Paletas
- ¡Esa liebre se comió una zanahoria!-
- Me  lo debí haber imaginado. Es una tentación muy grande para esos animales. Tendremos que llevarlo cargado. Yo llevaré las zanahorias que quedaron, y tú encárgate de llevar a cuestas a Tapitas. No hay otra opción. Espero que se despierte en el camino- dijo Carlos
Paletas fue gruñendo en el camino. Carlos no le hizo mucho caso, tenían que apresurar el paso para llegar pronto al hogar de las liebres.
Llegaron ya al anochecer. Tapitas estaba todavía dormido pero le habían salido unas pequeñas erupciones en las patas.

Canela salio de su madriguera en cuanto llegaron. Había visto las zanahorias. Y ya se imaginaba saboreándolas. Entonces vio a Tapitas tirado en el suelo.
-¿Que le ocurrió? Preguntó la Liebre
- Las zanahorias se ven muy buenas, pero tienen efectos secundarios, eso le pasó por goloso- dijo Paletas a regañadientes.
-¿Desde cuándo las zanahorias hacen daño? Preguntó extrañado Canela
- Estas son diferentes. Pensamos que te gustarían, pero como son de otra variedad también tienen sus características peculiares. Tienen efectos aditivos, si se come en grandes cantidades, tiene que comerse por raciones- explicó Carlos
Una vieja Liebre salio de su madriguera y se dio cuenta de todo lo que estaba  pasando.
- Esas deben ser las zanahorias durmientes. Mi  abuela me relataba acerca de ellas. Tengo una poción que lo puede curar. Pero tengo que prepararla con unas hierbas. Menos mal que tengo sembradas algunas en mi jardín- dijo la vieja Liebre.
- Tráiganmelo a mi madriguera- dijo la liebre.

Después de pasar horas preparando la poción, se la dio a Tapitas. La vieja Liebre logro con mucho esfuerzo que el brebaje le llegara a su pequeño estomago ya que todos sus músculos estaban todos entumecidos. Al poco rato se fue despertando.
-¿Qué ha ocurrido? Me duele todo- dijo protestando Tapitas.
Paletas estaba de muy mal humor. Había cargado con la liebre desde muy lejos.
- Te comiste una zanahoria completa. ¡Eres un imbecil!- le dijo de malas maneras el Castor.
- Tienes suerte de que ella tuviese una poción para curarte. Al parecer hiciste caso omiso a los consejos de los Gorriones- protestó Carlos
-¡Perdóneme! Es que se veían tan buenas-
- Esas son las Zanahorias durmientes. Tienen que tener cuidado. Solo se pueden comer en pequeñas cantidades, y bien administradas. La gula no es buena- aconsejó la vieja de las pociones.

Canela se le estaban quitando las ganas de probarlas. Pero bueno, se las habían traído. Tal vez con mucho cuidado podría disfrutar de ellas.
-Allí tienes tus Zanahorias. Tráeme a Lucecita. Ese fue el trato- le reclamó Carlos.
Canela podía ser gruñón y tener algunas malas mañas, pero siempre cumplía su palabra como las otras liebres. Era un deber dentro de su pequeña sociedad.
- Ayúdame con las Zanahorias- le pidió de buenos modos a Carlos.
Carlos no dudo en hacerlo, acompaño a Canela a su madriguera y allí estaba Lucecita un poco malhumorada. No le gustaba el encierro. Pero al ver a su amigo brinco de alegría y sus alas se tornaron de un color azulado.

Sigue leyendo .....

sábado, 30 de octubre de 2010

Los Gorriones



Capitulo X

La liebre los invito a seguirlo, y después de recorrer media hora se encontraron en medio de un arbusto de flores multicoloridas.
-En ese sembradío se encuentran las Zanahorias, solo hay que cruzar nada mas ni nada menos que ese pequeño agujero- dijo Paletas con picardía
- Bueno, ¿Qué esperamos?
- Solo hay un pequeño problemita, ese lugar se encuentra repleto de serpientes, y por cierto, bien venenosas. Ciertamente ese Canela es un antojado.
- Si hay algo a que le tengo terror es a las serpientes- dijo Paletas retrocediendo lentamente.
- Si, es una situación muy difícil, pero no hay que desanimarse- comento la Liebre.
- Tiene que haber alguna manera, y si damos una vuelta por ese árbol podemos llegar hasta el sembradío
La vieja Liebre estudio la situación, no muy convencido.
-El árbol esta rodeado de ratas. Viven allí escondidas en un hueco del árbol asechando cualquier animal para devorarlo. Y ahora más que nunca porque tienen mucho tiempo que no han probado bocado. Uno de mis mejores amigos murió justamente allí víctima de esas feroces ratas, sabia de las Zanahorias y quería probarlas a cualquier precio.

Paletas ya se estaba poniendo nervioso. No se esperaba tantos peligros, pero lo que mas lo asustaba era la presencia de las serpientes.
-¿y tus amigos los gorriones? ¿No nos pueden ayudar?   Preguntó Carlos
- No me acordaba. Es una excelente idea- respondió la  Liebre
-¿Dónde viven? Pregunto Carlos
- En ese viejo Árbol
Entonces la liebre ni corta ni perezosa se dirigió al Cedro. Era un árbol de gran tamaño lleno de lianas y muchos arbustos
-Pepe- grito la Liebre
- ¿Quién me llama? Estaba durmiendo una siesta- respondió un gorrión grisáceo.
- Soy yo, Tapitas.
-¿Qué se te ofrece? Tiempo sin verte.
- Necesito un favor tuyo. Necesitamos una de esas zanahorias riquísimas que se encuentran en el sembradío- respondió la Liebre.
- La gula va ser la destrucción de Uds. Si me dices por qué es tan importante te ayudaré- le respondió el Gorrión.
- Es para el viejo Canela, tiene presa a una pequeña hada, y no la piensa soltar hasta que le llevemos un par de zanahorias
- Y ellos, ¿Quienes son? Mirándolos con desconfianza.
- Son unos buenos amigos, él es Carlos y este Castor es Paletas. Han venido de muy lejos para rescatar a la pequeña hada.
- Los ayudaré. Les diré a mis amigos que vengan también y así podrán ir todos, y recoger las zanahorias, pero no las coman, si comen muchas pueden caer en un profundo sueño y después ser devorados por las ratas

Del árbol llegaron volando tres gorriones. Eran de un color canela con unas alas blancas y franjas negras como el azabache.
- Ellos son los más valientes de mi tropa. Hemos volado grandes distancias para comunicarnos con mis otros hermanos que viven del otro lado del río.
- Muchas gracias – respondió Carlos
-Ahora no pierdan tiempo, móntense encima de nuestras alas- respondió el valiente gorrión

Al poco tiempo emprendieron el vuelo. Los gorriones volaban muy rápido, y en un santiamén llegaron al sembradío de Zanahorias.
- Acuérdense de mi consejo- les recordó Pepe. Nosotros los esperaremos debajo de este viejo árbol. Aquí hay unas semillas suculentas.

Carlos y sus amigos se encontraron entre una cantidad inmensa de  zanahorias. Eran inmensas. Solo iban a necesitar dos. La liebre las miraba con sorpresa. Era todo un festín para los de su raza.
-Creo que no hay problema si te llevas también una- le dijo sonriendo.

Los tres amigos se llevaron 3 zanahorias. Volaron de regreso pero con mayor lentitud, apenas podían con su peso, y aterrizaron en una pequeña llanura.
-Acuérdense no se atraganten con ella. Esas Zanahorias son adictivas y tienen unos efectos extraños que no conocemos totalmente

Sigue leyendo esta linda historia

viernes, 22 de octubre de 2010

El largo trayecto al hogar de las liebres


Capitulo IX
El largo trayecto al hogar de las liebres


Después de varias horas quedaron totalmente exhaustos. Se quedaron totalmente dormidos a primeras horas de la noche. Se despertaron a primeras horas de la mañana ya repuestos del día anterior.
  -Detrás de esa montaña se encuentran las madrigueras de las liebres. Tenemos  que apurarnos- dijo el castor.
- Yo tengo mucha hambre- dijo Carlos protestando.
- Tienes mucha razón. No hemos comido nada. Cerca de ese riachuelo se encuentran unas ramas, y raíces riquísimas. A mi me fascinan
- Eso suena asqueroso.
- Yo no seria tan ofensivo. Te vas a tener que conformar con cualquier alimento tomando en cuenta tu tamaño- le dijo a Carlos con indignación.
- ¿Qué me sugieres entonces? le respondió Carlos ya impaciente.
Debajo de ese árbol hay unas semillas. Son blandas y muy dulces.
Carlos no lo pensó dos veces, busco las semillas y empezó a comérselas poco a poco.
¡Son deliciosas! ¿Qué son?
-En realidad no sé, se encuentran siempre en estos árboles.
Después de comer bebieron agua del riachuelo y decidieron seguir su trayecto. Cuando llegaron a la montaña decidieron pararse para descansar. Después de reposar media hora siguieron andando.
-Este trayecto es más rápido. Vamos a tomarlo- dijo el Castor.
-¿Estás seguro? Hay muchas piedras, y esta muy oscuro.
- Conozco el camino. No te preocupes.
 Carlos caminaba por detrás del Castor. No se sentía muy confiado.
-Móntate en mi lomo, así llegaremos mas rápido.

Después de mucho andar llegaron al otro lado de la montaña, y allí se encontraban las madrigueras de las liebres.
- Espero que sean amigables- comento Carlos.
- En realidad son muy nerviosas y asustadizas
Carlos se bajo del lomo de su amigo, y entonces se encontraron frente a frente con una liebre  gris.
- Me   llamo  Paletas, y estamos buscando a una pequeña hada- dijo el pequeño Castor.
- Si, ya sabemos de Uds. El gorrión nos aviso que venían en camino. Lucecita se encuentra a salvo en aquella madriguera. Pero Canela es un poco  malhumorado, y se encuentra de mal humor porquen no ha encontrado sus zanahorias favoritas.
- Hemos recorrido un largo viaje. ¿Podrías ayudarnos? dijo Carlos.
- No hay problema. Yo los ayudo, pero tenemos que buscar esas Zanahorias ya que de lo contrario no podremos entrar a su hogar en ninguna forma.

Carlos y el Castor decidieron acompañar  a la liebre. Total, a Carlos solo le interesaba sacar a Lucecita de ese sitio y llevársela consigo.
Continuará…





viernes, 15 de octubre de 2010

Carlos y el Castor



Capitulo VIII
Carlos y el Castor

Carlos sabía que el peligro no había pasado, y que las Pirañas podían aparecer en cualquier momento. Sabía que eran animales muy feroces y amenazantes, deseosos de cualquier tipo de carne. Si movía un músculo iba a ser devorado por esas fieras.
Pero, ¿Qué podría hacer? Era tan pequeño, y se encontraba tan indefenso. Esos Orcos se lo pagarían algún día.

Del otro lado de la rama vio un pequeño Castor. Movió ligeramente la rama, y el animal se sobresalto.
-  ¿Me podrías ayudar? Sácame de aquí. Si no nos movemos rápido seremos comida de esas pirañas.
El Castor se le quedo mirando, y sin pensarlo dos le dijo:
-  Móntate en mi lomo. Me será fácil cruzar hasta llegar al otro lado del río
Carlos llego con su nuevo amigo hacia el otro del río, estaba extenuado.
-¡Eres un  humano! ¿Por qué te encuentras de ese tamaño?
- Unos Orcos me hechizaron, y a mi amiga Lucecita también.
-¡Lucecita! Esa no es la hija del Rey Melquíades, la están buscando por todos lados.
- Debe estar muy asustada. Tengo que encontrarla.
-Conozco alguien que puede saber su paradero- le dijo el amigable Castor. Es una lechuza, si le llevamos un ratón de campo estoy seguro que nos ayudara.
- Bueno, no perdamos tiempo vamos a cazar ese animal


Carlos y el Castor se escondieron detrás de unos matorrales, esperaron hasta que saliera de su madriguera un ratón gris.
-  Ahora, dispara con tu arma- le dijo el Castor
    Carlos derribo inmediatamente al ratón. No le hacia gracia, no le gustaba matar animales, pero lo hacia por   lucecita. Tenia que estar en alguna parte.


Esa noche, el Castor y Carlos fueron a visitar a la lechuza.
-Buenas noches Amanda- le dijo el Castor.
- ¿Qué me traes allí?
- Un hermoso ratón. Sé que te gustan mucho. Necesitamos un favor tuyo. Se perdió una pequeña hada, la hechizaron y ahora es del tamaño de un ratón. Necesitamos que nos digas dónde se encuentra.
- Primero el ratón.
-¡No! Te conozco, si te lo doy, no nos dirás nada.
- Me parece que cerca de las madrigueras de las liebres se encuentra una pequeña hada.
-¿Es cierto?- dijo Carlos esperanzado
- Tan cierto como me llamo Amanda, ahora dame el ratón.
La lechuza se engullo el ratón con avidez. Se veía que lo estaba disfrutando.
- Muchas gracias- le dijeron ambos.
- Es una buena amiga, pero es muy golosa, y se desvive por un ratón.
- Ahora, vamos a buscarla. ¿Quieres venir conmigo?- le pregunto Carlos al pequeño Castor.
- ¡Por supuesto! Podría ser una gran aventura.

Continuará



martes, 3 de agosto de 2010

Las Pirañas





Capitulo VII
Las Pirañas


Mientras tanto Lucesita y Carlos les faltaba muy poco para llegar a la montaña. Pero no  iba ser tan fácil. Tenían que atravesar un río caudaloso lleno de pirañas. Lucesita ya estaba dispuesta a cruzar el río por unas pequeñas piedras para pasar hacia el otro lado del río. Fue en ese momento que Carlos se percató de la presencia de los feroces peces.
-Cuidado Lucecita. Mira las Pirañas- le avisó agarrándola por el brazo.
-¿Qué pasa?- le respondió cansada la muchacha
- Mira en el río. ¿Estas ciega?- dijo severamente Carlos
Lucesita saltó hacia atrás percatándose del peligro
-Estoy tan cansada. Hemos caminado muchas horas. Mis pies no aguantan mas.- comentóó la pequeña hada.
- Descansaremos un rato debajo esos helechos. Tienes que fijarte por donde caminas. Hay muchos animales que nos pueden hacer daño.

Los muchachos descansaron un rato. Tenían que recobrar sus energías. Habían caminado muchas horas.
-¿Qué es ese ruido? grito Lucecita.
-Yo no oigo nada.
- Por allá, cerca de esas ramas- le dijo Lucecita.
Carlos se levanto rápidamente, y allí se percató de unas sombras que caminaban por los árboles. Eran los odiosos duendes e iban acompañados de unos seres repulsivos.
-Son los duendes otra vez, y no están solos- dijo en un susurro.
Fue entonces cuando Lucecita se percató de la presencia de los Orcos. No se veían nada amigables. Su padre los odiaba. Eran muy destructores, y no sabían convivir con nadie,  sino con los de su especie.
-Ahora estamos acabados. Son Orcos- sollozó en voz baja Lucecita.
- No te preocupes yo te protegeré- Tenemos que cruzar ese río como sea.
-Allí están las pirañas- gritó angustiada Lucesita
Carlos vió las alas de la pequeña hada. Como no se le había ocurrido. Por lo menos la muchacha podía cruzar el río.
-Lucecita, tienes que cruzar el río. Tú puedes volar- le dijo Carlos
- Y tú, vas a quedar a merced de esos Orcos- le reclamó Lucecita.
- No te preocupes, ya me las ingeniaré- le respondió.
- Necesito los rayos del sol para volar- le dijo la pequeña hada.
-Tenemos que salir de este escondite- le dijo Carlos.
- Vamos, no lo pienses tanto, vuela hasta el otro lado del río- le dijo con severidad Carlos
Lucecita salio de su escondite y sintió en su pequeño cuerpo los rayos del sol, y extendió sus pequeñas alas, y cruzó volando hasta llegar el otro extremo del río.
-No mires atrás. ¡Vete! le gritó Carlos.

Los Orcos escucharon las voces y se dieron cuenta de la presencia de Carlos. Un Orco mugroso lo agarró fuertemente por los brazos. Sin embargo, Carlos estaba muy decidido a defenderse. Le dió un puntapié, y corrió rápidamente hacia el río.
- No tienes salida. El río se encuentra lleno de Pirañas.
Carlos era un muchacho muy decidido, y saco su arma. Dio varios disparos con su escopeta, y cayeron al suelo dos Orcos. Los duendes lo miraban de reojo con temor y desconfianza. Carlos vio una pequeña rama en el agua. Si se las ingeniaba, podía cruzar hasta el otro extremo del río.
La idea era que no lo vieran las pirañas. Sin pensarlo dos veces saltó desde una piedrecilla hacia la pequeña rama, y se escondió debajo de las hojas.

Sigue leyendo...


miércoles, 28 de julio de 2010

El viaje a la montaña



Capitulo VI
El viaje a la montaña

Carlos tenía mucha hambre, así que decidió buscar algo afuera. Vio a Lucecita de reojo, se había quedado dormida. La pobre no había dormido bien. Había estado hablando medio dormida casi toda la noche. Pobrecita, la dejaría que descansase un rato.

El sol había salido. Debía ser como las siete de la mañana. Llevaba el rifle en sus manos. Decidió que no se iba dejar defender por el miedo, y dejarse amedrentar por esos duendes mugrosos. La hierba era muy alta, y podía percibir la presencia de algunos insectos por lo que iba con cuidado.

Camino unos cuantos metros y vio un gigantesco matorral. Estaba lleno de moras. ¡Que tamaño tenían! Sin pensando dos veces trepo por el matorral y le dio con el extremo de su rifle. Cayó rápidamente al suelo. Estaba muerto de hambre, ya se llevaría un poco para comérselo como desayuno, pero no sucedió así. Un gigantesco pajarraco apareció de los aires, y se llevo la ansiada mora.
Carlos no se decepciono. De alguna manera encontraría comida. Sintió el sonido de una cascada de agua, camino y descubrió un caudaloso río. Estaba lleno de peces. Eran tan pequeños como el. Pero los peces se movían muy rápidamente. Había uno muy distraído comiendo una pequeña alga. Le agarro la cola y con mucha fuerza lo arrastro hasta la orilla. El pobre brinco tantas veces que pensó que lo podía aplastar. Se lo llevo arrastrando hasta la cueva llevando previamente un poco de agua en su cantimplora.

Cuando llego ya Lucecita ya se había despertado.
-No vamos a pasar más hambre-. Toma un poco de agua le dijo gentilmente Carlos.
- ¿Y cómo nos vamos a comer ese pescado? ¿Crudo? – dijo Lucecita con desprecio
-Pásame esas ramas, y frota esas piedras hasta que logres producir fuego- le dije
Carlos atravesó el pescado con una pequeña ramita, y después de que Lucecita logro producir el fuego, empezó a cocinar el animal.
-Toma, ya esta listo- le dijo con gentileza.
- Que hambre tenia- dijo Lucecita. Estaba riquísimo.
-Tenemos que apurarnos. Vamos a escaparnos. No pienso permanecer aquí mucho tiempo- comentó Carlos.
-¿Y dónde vamos a ir?- pregunto lucecita
- Tú conoces estas tierras más que yo, algún sitio tiene que ser mas seguro

Terminaron de desayunar y salieron con premura de la cueva.
-De otro lado de la montaña vive Gruñón. Es un viejo mago. Un poco malhumorado, pero de buen corazón. A lo mejor nos puede ayudar- dijo la pequeña hada.
- Es un poco lejos, pero lo lograremos- contestó Carlos
Carlos y Lucecita se echaron un trayecto de tres días hasta llegar cerca de la montaña. Cuando los duendes descubrieron el escape de los muchachos se pusieron furiosos.
-Vamos a buscar a los orcos- Seguro que fueron a la montaña a localizar a Gruñón. Tenemos que impedírselos. Si lo logran adiós recompensa- dijo uno. de ellos

Los duendes fueron al valle de los Orcos. No quedaba muy lejos. Y hablaron con el viejo Panomariz.
-Hola Panomariz. Queremos proponerte algo. Un muchacho y la hija del viejo Elfo están perdidos. Te propongo que los atrapes, y a cambio recibirás toda mi olla de oro.-dio Capecius
El Orco sabia que los duendes eran muy engañosos, así que desconfío un poco de el.
-y, ¿Como sé que me entregaras tu oro? Tu eres muy avaricioso, justamente por eso te desterraron de la tierra de los Elfos.
- Toma como adelanto esta pequeña bolsa de monedas- le dijo el viejo duende
- Ya eso es otra historia- le contestó el Orco. ¿Y cuál es tu interés en atrapar a esos muchachos?
- No me interesa mucho el humano, pero la pequeña hada si- le dijo malhumorado
- ¡Hay un humano! Eso cambia todo- le respondió Panomariz
- ¿Les tiene miedo a esas criaturas? Le pregunto burlonamente
- Dicen que es una raza muy osada, muchos no conocen del miedo y son además muy impredecibles- le respondió el Orco.
- No me digas que te vas a echar para atrás- le dijo el otro duende.

El viejo Orco llamo a sus hermanos un poco más repugnantes que él mismo. Eran malolientes, llenos de gusanos con un color lodo oscuro en la piel. A los duendes le repugnaban, pero iban a necesitar ayuda.


Continuará

viernes, 23 de julio de 2010

Capecius, y Lunmix


Capitulo V

Capecius, y  Lunmix


Instintivamente Carlos abrazó a Lucecita, era tan frágil, tan hermosa, y su cabello olía a flores silvestres. El muchacho se percató de que su piel se había tornado de color naranja. Se imaginaba que la pobre estaba muy asustada.
El dragón se les quedo mirando fijamente, ya no había marcha atrás. Iban a ser incinerados por el animal. Por lo menos eso es lo que pensaron ambos en ese momento.

En una cuestión de segundos oyeron unas voces en el bosque. Carlos no distinguía de donde provenían.
- ¡Pobrecitos! Van a ser incinerados por Lucius dijo un pequeňo duende.
- Vamos a convertirlos del tamaňo de esa hormiga contesto el otro
- No sobrevivirán aquí.
- Peor es ser victima del malhumorado de Lucius.- dijo uno de ellos.
Carlos y juraban que no iban a salir de esta, pero sin saber como se vieron del tamaňo de un ratón. El dragón los busco por todos lados, y empezó a oler los matorrales. No los encontró, y furioso extendió sus alas y se alejo volando a la distancia.
La situación no era nada amable. Carlos y Lucecita vieron a los duendes sorprendidos.
-Gracias- dijo Carlos con cortesía.
-Por nada. De todos modos este favor no va ser de gratis- dijo uno de los duendes de malas maneras.
- Deja que Petrifix sepa que su hija se encuentra con nosotros. No se va burlar más de nosotros- dijo uno de ellos. Ese elfo es un arrogante. Pero ese humano podría ser un problema, no se aparta de ella-dijo con suspicacia
-Mi padre va mandar ejército real con los mejores unicornios y Centauros. No se saldrán de esta- le dijo la muchacha indignada.
-No estas en condiciones de exigir nada. Estas atrapada, y solo nosotros sabemos como volverte de tu tamaňo original- respondió uno de ellos
- Se puede saber ¿Quienes son ustedes? Pregunto el muchacho.
-Yo soy Capecius, y el es lunmix- dijeron a regaňadientes. Es mejor que nos sigan.
La situación no se podía convertir en algo peor. Se habían salvado del dragón, pero ahora eran prisioneros de esos duendes.
-Si se quedan solos varados por el bosque serán victimas de cualquier animal, así que les recomiendo que nos sigan- dijo Capecious.
Carlos y Lucecita estaban resignados. Siguieron a regañadientes a los duendes malolientes hasta que llegaron a una cueva mugrosa.
-Aquí podrán pasar la noche- Mañana negociaremos el rescate con el padre de Lucecita. Dijo uno de ellos.
- No intenten escapar. Ya es de noche, y en este bosque las águilas se alimentan de los seres pequeños, y pueden ser confundidos con cualquier animal- dijo uno de ellos riéndose.
La noche se nos hizo muy larga, aunque Carlos y Lucecita estaban muy cansados, no pudieron cerrar los ojos debido a los ruidos de pájaros y insectos que se oían en las cercanías.

Continuará

sábado, 17 de julio de 2010

Lucecita y el Dragón





Capitulo IV
Lucecita y el Dragón

Carlos se encontraba reposando después de un buen almuerzo cuando la vio. Era como una aparición, su belleza era infinita como extraña. Ante él se encontraba una muchacha de unos profundos ojos azules con unos cabellos verdes como las algas del mar con un tono de piel verde manzana, y el resplandor del sol adornaba su piel con pequeñas escarchas.
Se encontraba tan hipnotizado que no pudo emitir palabra, y se dio cuenta de que se había prendado totalmente de ella.

-Oye, ¿Qué te pasa? Muchacho, estas actuando muy raro, cualquiera diría que nunca has visto una hada- le dijo la muchacha.
-Hada…hada… - repitió sin parar.
- Me llamo lucecita, ¿y tu?- pregunto intrigada
- Carlos, vengo de muy lejos- le explico a la muchacha
- Ya veo- ¿Dónde esta tu poder?-
- ¿Poder? ¿A que te refieres?- pregunto Carlos sorprendido
- Tú sabes, el don con que nacemos todos los que nacemos por estas tierras- le explico la muchacha
- Yo no tengo ningún poder- No soy de aquí.– dijo Carlos con temor.
- ¿Qué eres? ¡Un humano!- retrocediendo a un pequeño matorral con temor
-No te asustes. No te haré daño- le dijo tranquilamente Carlos
- Los humanos no saben convivir en armonía. Eso dice mi padre, y son muy dañinos. No entienden de la magia- le respondió de malas maneras.
-Eso no es cierto. ¿Y como los sabes? ¿Han visto anteriormente a alguno? Le pregunto Carlos ya enfadado.

Lucecita estaba tan entretenida que no se dio cuenta de la presencia de una bestia feroz que volaba por los aires.
Carlos sin pensarlo dos veces la agarro de la mano, escondiéndola detrás de unos matorrales.
-Me salvaste la vida- respondió Lucecita. Si Lucius me ve, me puede incinerarme, aunque mi padre dicen que son inofensivos, pero yo no lo creo.
-¡Inofensivo! Esa bestia- comento el muchacho con indignación. – Vamos a escondernos detrás de estos matorrales para que no nos descubra.
Pero el dragón no se fue, aterrizo a orillas del río para tomar un poco de agua. Nosotros observábamos todo, Carlos estaba aterrorizado.
-Esta planta me da alergia- dijo Lucecita, y no pudo contenerse y estornudo con todas sus fuerzas
El dragón volvió la cabeza y se quedo mirando fijamente a los dos muchachos. Era una bestia increíble de color naranja.
-Ahora no sobreviremos-dijo sollozando Lucesita

Continuará....

domingo, 11 de julio de 2010

El Cedro Gigante


Capitulo III

El Cedro Gigante



Carlos estaba muerto de hambre, y ya le quedaba poco agua en la cantimplora. A la distancia siento el sonido de una cascada de agua, y corrió sin detenerse para saciar su sed. Sin embargo algo horrible lo detuvo, asustado retrocedió dos pasos.

El animal  emitió un gran chillido. Era un monstruo garrafal, mitad Águila y mitad Caballo
-¿Qué eres tu?_ le preguntó Carlos tembloroso
- Soy Seth, y soy un Hipogrifo de contestó con enojo. ¿Y qué hace un humano por estas tierras?
Carlos sacó su escopeta dispuesto a dispararle. Pero, fue inútil, en ese momento aparecieron dos centauros y lo dejaron desarmado completamente.
- ¡Vete lejos de aquí! No perteneces a estas tierras- Además quisiste hacerle daño a mi amigo Seth- le respondió uno de los Centauros.
- No fue mi intención- se disculpó Carlos. Estaba muy asustado. Nunca había visto una animal tan grande.
- No es un simple Hipogrifo, es el guardián de nuestro bosque- le respondió el otro con ira.

La situación no se podía poner peor. Muerto de hambre, y siendo victima del  acoso de la ira de esos seres.
Entonces, se le presentó a Carlos  una oportunidad única, aparecieron de repente esos cuervos odiosos de la nada, y se escondió rápidamente entre unos matorrales.
El gigante Hipogrifo salio volando por los aires dispuesto atacar a los Knoc. El Muchacho permanecía debajo de unos matorrales cuando escuché una voz
-¿Quien eres tú?- dijo un frondoso cedro de mas de 20 metros de altura.
Me llamo Carlos. Podrías darme paso, estoy sediento, y necesito algo para comer.
- En primer lugar, no eres bienvenido. Ya me informaron que trataste de hacerle daño a Seth- dijo molesto. Pero, seré generoso contigo. Solo tienes que adivinar este acertijo para seguir adelante.
- Bueno, que puedo perder- le contesto ya cansado Carlos.
- “Para entrar a este reino tienes que adivinar, ¿quienes viven  en el cielo, en la tierra y en el mar?”
- Eso es trampa. No conozco estas tierras- le respondió fastidiado Carlos.
Recordó las historias de sus abuelos,  y aquellos personajes que mencionaron de vez en cuando.
-Duendes, Unicornios, dragones- Le contesto rápidamente
- “Puede ser cierto y falso, pero somos muchos y aquí no entraras”- le dijo el Cedro interrumpiéndole el camino.
Ningún ardid le  servia de nada, el camino estaba bloqueado, y el cedro parecía que tuviese vida. vi. cada vez más de esos pajarracos en el cielo, al parecer el Hipogrifo no había podido vencerlos.
Con las pocas fuerzas que me quedaban, me subí rápidamente al cedro hasta llegar a lo más alto de sus ramas. Ya estaba cerca. Ahora uno de esos pajarracos me las iba a pagar. Saqué la escopeta, y disparé a unos de esos cuervos en las plumas. No estaba herido, pero descendió como una bala hasta el río.
¿Que has hecho?- Reclamo el cedro gigante, moviendo sus ramas
El muchacho casi se cae, pero se  agarró fuertemente de una de las ramas.
- Ahora tendremos a todos los Knoc en el bosque- dijo con disgusto.
Sin embargo, no ocurrió así. Después del disparo, al parecer los Knoc se asustaron y salieron volando en bandadas, huyendo bien lejos.
-Pero, ¿qué paso? – le pregunto con curiosidad el gran cedro. ¿A cual tumbaste?
- Es uno de esos cuervos, es un poco extraño, tiene franjas doradas en las alas
En ese momento apareció el Hipogrifo, y chillando dijo:
-Yo no lo podría hacer mejor. Le diste a su líder, ahora no se le ocurrirá venir más por estos lados. Móntate en mi lomo para que el malhumorado cedro no te derrumbe.
Me agarre fuertemente en su lomo y descendimos hasta el suelo.
- Por lo que veo estamos en deuda contigo- contestó amablemente el Hipogrifo. ¿Qué podemos hacer por ti?
-Solo quiero un poco de comida. Todo esto me dio más hambre.
- Ahora tendremos mas humanos en estas tierras por tu benevolencia- comentó de malos el cedro.
_ Por mi parte puedes pescar algunos peces en el riachuelo, y comer algunas manzaperas que se encuentran en los árboles frutales- comentó el Hipogrifo.
- Bueno, que remedio, tu eres el que mandas- le dijo desagradablemente el Cedro
Carlos se encontró mas aliviado. Dejaría que esos dos resolvieran sus diferencias.

Continuará