domingo, 31 de octubre de 2010

Los Gorriones



Capitulo X

La liebre los invito a seguirlo, y después de recorrer media hora se encontraron en medio de un arbusto de flores multicoloridas.
-En ese sembradío se encuentran las Zanahorias, solo hay que cruzar nada mas ni nada menos que ese pequeño agujero- dijo Paletas con picardía
- Bueno, ¿Qué esperamos?
- Solo hay un pequeño problemita, ese lugar se encuentra repleto de serpientes, y por cierto, bien venenosas. Ciertamente ese Canela es un antojado.
- Si hay algo a que le tengo terror es a las serpientes- dijo Paletas retrocediendo lentamente.
- Si, es una situación muy difícil, pero no hay que desanimarse- comento la Liebre.
- Tiene que haber alguna manera, y si damos una vuelta por ese árbol podemos llegar hasta el sembradío
La vieja Liebre estudio la situación, no muy convencido.
-El árbol esta rodeado de ratas. Viven allí escondidas en un hueco del árbol asechando cualquier animal para devorarlo. Y ahora más que nunca porque tienen mucho tiempo que no han probado bocado. Uno de mis mejores amigos murió justamente allí víctima de esas feroces ratas, sabia de las Zanahorias y quería probarlas a cualquier precio.

Paletas ya se estaba poniendo nervioso. No se esperaba tantos peligros, pero lo que mas lo asustaba era la presencia de las serpientes.
-¿y tus amigos los gorriones? ¿No nos pueden ayudar?   Preguntó Carlos
- No me acordaba. Es una excelente idea- respondió la  Liebre
-¿Dónde viven? Pregunto Carlos
- En ese viejo Árbol
Entonces la liebre ni corta ni perezosa se dirigió al Cedro. Era un árbol de gran tamaño lleno de lianas y muchos arbustos
-Pepe- grito la Liebre
- ¿Quién me llama? Estaba durmiendo una siesta- respondió un gorrión grisáceo.
- Soy yo, Tapitas.
-¿Qué se te ofrece? Tiempo sin verte.
- Necesito un favor tuyo. Necesitamos una de esas zanahorias riquísimas que se encuentran en el sembradío- respondió la Liebre.
- La gula va ser la destrucción de Uds. Si me dices por qué es tan importante te ayudaré- le respondió el Gorrión.
- Es para el viejo Canela, tiene presa a una pequeña hada, y no la piensa soltar hasta que le llevemos un par de zanahorias
- Y ellos, ¿Quienes son? Mirándolos con desconfianza.
- Son unos buenos amigos, él es Carlos y este Castor es Paletas. Han venido de muy lejos para rescatar a la pequeña hada.
- Los ayudaré. Les diré a mis amigos que vengan también y así podrán ir todos, y recoger las zanahorias, pero no las coman, si comen muchas pueden caer en un profundo sueño y después ser devorados por las ratas

Del árbol llegaron volando tres gorriones. Eran de un color canela con unas alas blancas y franjas negras como el azabache.
- Ellos son los más valientes de mi tropa. Hemos volado grandes distancias para comunicarnos con mis otros hermanos que viven del otro lado del río.
- Muchas gracias – respondió Carlos
-Ahora no pierdan tiempo, móntense encima de nuestras alas- respondió el valiente gorrión

Al poco tiempo emprendieron el vuelo. Los gorriones volaban muy rápido, y en un santiamén llegaron al sembradío de Zanahorias.
- Acuérdense de mi consejo- les recordó Pepe. Nosotros los esperaremos debajo de este viejo árbol. Aquí hay unas semillas suculentas.

Carlos y sus amigos se encontraron entre una cantidad inmensa de  zanahorias. Eran inmensas. Solo iban a necesitar dos. La liebre las miraba con sorpresa. Era todo un festín para los de su raza.
-Creo que no hay problema si te llevas también una- le dijo sonriendo.

Los tres amigos se llevaron 3 zanahorias. Volaron de regreso pero con mayor lentitud, apenas podían con su peso, y aterrizaron en una pequeña llanura.
-Acuérdense no se atraganten con ella. Esas Zanahorias son adictivas y tienen unos efectos extraños que no conocemos totalmente

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sábado, 23 de octubre de 2010

El largo trayecto al hogar de las liebres


Capitulo IX
El largo trayecto al hogar de las liebres


Después de varias horas quedaron totalmente exhaustos. Se quedaron totalmente dormidos a primeras horas de la noche. Se despertaron a primeras horas de la mañana ya repuestos del día anterior.
  -Detrás de esa montaña se encuentran las madrigueras de las liebres. Tenemos  que apurarnos- dijo el castor.
- Yo tengo mucha hambre- dijo Carlos protestando.
- Tienes mucha razón. No hemos comido nada. Cerca de ese riachuelo se encuentran unas ramas, y raíces riquísimas. A mi me fascinan
- Eso suena asqueroso.
- Yo no seria tan ofensivo. Te vas a tener que conformar con cualquier alimento tomando en cuenta tu tamaño- le dijo a Carlos con indignación.
- ¿Qué me sugieres entonces? le respondió Carlos ya impaciente.
Debajo de ese árbol hay unas semillas. Son blandas y muy dulces.
Carlos no lo pensó dos veces, busco las semillas y empezó a comérselas poco a poco.
¡Son deliciosas! ¿Qué son?
-En realidad no sé, se encuentran siempre en estos árboles.
Después de comer bebieron agua del riachuelo y decidieron seguir su trayecto. Cuando llegaron a la montaña decidieron pararse para descansar. Después de reposar media hora siguieron andando.
-Este trayecto es más rápido. Vamos a tomarlo- dijo el Castor.
-¿Estás seguro? Hay muchas piedras, y esta muy oscuro.
- Conozco el camino. No te preocupes.
 Carlos caminaba por detrás del Castor. No se sentía muy confiado.
-Móntate en mi lomo, así llegaremos mas rápido.

Después de mucho andar llegaron al otro lado de la montaña, y allí se encontraban las madrigueras de las liebres.
- Espero que sean amigables- comento Carlos.
- En realidad son muy nerviosas y asustadizas
Carlos se bajo del lomo de su amigo, y entonces se encontraron frente a frente con una liebre  gris.
- Me   llamo  Paletas, y estamos buscando a una pequeña hada- dijo el pequeño Castor.
- Si, ya sabemos de Uds. El gorrión nos aviso que venían en camino. Lucecita se encuentra a salvo en aquella madriguera. Pero Canela es un poco  malhumorado, y se encuentra de mal humor porquen no ha encontrado sus zanahorias favoritas.
- Hemos recorrido un largo viaje. ¿Podrías ayudarnos? dijo Carlos.
- No hay problema. Yo los ayudo, pero tenemos que buscar esas Zanahorias ya que de lo contrario no podremos entrar a su hogar en ninguna forma.

Carlos y el Castor decidieron acompañar  a la liebre. Total, a Carlos solo le interesaba sacar a Lucecita de ese sitio y llevársela consigo.
Continuará…





sábado, 16 de octubre de 2010

Carlos y el Castor



Capitulo VIII
Carlos y el Castor

Carlos sabía que el peligro no había pasado, y que las Pirañas podían aparecer en cualquier momento. Sabía que eran animales muy feroces y amenazantes, deseosos de cualquier tipo de carne. Si movía un músculo iba a ser devorado por esas fieras.
Pero, ¿Qué podría hacer? Era tan pequeño, y se encontraba tan indefenso. Esos Orcos se lo pagarían algún día.

Del otro lado de la rama vio un pequeño Castor. Movió ligeramente la rama, y el animal se sobresalto.
-  ¿Me podrías ayudar? Sácame de aquí. Si no nos movemos rápido seremos comida de esas pirañas.
El Castor se le quedo mirando, y sin pensarlo dos le dijo:
-  Móntate en mi lomo. Me será fácil cruzar hasta llegar al otro lado del río
Carlos llego con su nuevo amigo hacia el otro del río, estaba extenuado.
-¡Eres un  humano! ¿Por qué te encuentras de ese tamaño?
- Unos Orcos me hechizaron, y a mi amiga Lucecita también.
-¡Lucecita! Esa no es la hija del Rey Melquíades, la están buscando por todos lados.
- Debe estar muy asustada. Tengo que encontrarla.
-Conozco alguien que puede saber su paradero- le dijo el amigable Castor. Es una lechuza, si le llevamos un ratón de campo estoy seguro que nos ayudara.
- Bueno, no perdamos tiempo vamos a cazar ese animal


Carlos y el Castor se escondieron detrás de unos matorrales, esperaron hasta que saliera de su madriguera un ratón gris.
-  Ahora, dispara con tu arma- le dijo el Castor
    Carlos derribo inmediatamente al ratón. No le hacia gracia, no le gustaba matar animales, pero lo hacia por   lucecita. Tenia que estar en alguna parte.


Esa noche, el Castor y Carlos fueron a visitar a la lechuza.
-Buenas noches Amanda- le dijo el Castor.
- ¿Qué me traes allí?
- Un hermoso ratón. Sé que te gustan mucho. Necesitamos un favor tuyo. Se perdió una pequeña hada, la hechizaron y ahora es del tamaño de un ratón. Necesitamos que nos digas dónde se encuentra.
- Primero el ratón.
-¡No! Te conozco, si te lo doy, no nos dirás nada.
- Me parece que cerca de las madrigueras de las liebres se encuentra una pequeña hada.
-¿Es cierto?- dijo Carlos esperanzado
- Tan cierto como me llamo Amanda, ahora dame el ratón.
La lechuza se engullo el ratón con avidez. Se veía que lo estaba disfrutando.
- Muchas gracias- le dijeron ambos.
- Es una buena amiga, pero es muy golosa, y se desvive por un ratón.
- Ahora, vamos a buscarla. ¿Quieres venir conmigo?- le pregunto Carlos al pequeño Castor.
- ¡Por supuesto! Podría ser una gran aventura.

Continuará



miércoles, 4 de agosto de 2010

Las Pirañas





Capitulo VII
Las Pirañas


Mientras tanto Lucesita y Carlos les faltaba muy poco para llegar a la montaña. Pero no  iba ser tan fácil. Tenían que atravesar un río caudaloso lleno de pirañas. Lucesita ya estaba dispuesta a cruzar el río por unas pequeñas piedras para pasar hacia el otro lado del río. Fue en ese momento que Carlos se percató de la presencia de los feroces peces.
-Cuidado Lucecita. Mira las Pirañas- le avisó agarrándola por el brazo.
-¿Qué pasa?- le respondió cansada la muchacha
- Mira en el río. ¿Estas ciega?- dijo severamente Carlos
Lucesita saltó hacia atrás percatándose del peligro
-Estoy tan cansada. Hemos caminado muchas horas. Mis pies no aguantan mas.- comentóó la pequeña hada.
- Descansaremos un rato debajo esos helechos. Tienes que fijarte por donde caminas. Hay muchos animales que nos pueden hacer daño.

Los muchachos descansaron un rato. Tenían que recobrar sus energías. Habían caminado muchas horas.
-¿Qué es ese ruido? grito Lucecita.
-Yo no oigo nada.
- Por allá, cerca de esas ramas- le dijo Lucecita.
Carlos se levanto rápidamente, y allí se percató de unas sombras que caminaban por los árboles. Eran los odiosos duendes e iban acompañados de unos seres repulsivos.
-Son los duendes otra vez, y no están solos- dijo en un susurro.
Fue entonces cuando Lucecita se percató de la presencia de los Orcos. No se veían nada amigables. Su padre los odiaba. Eran muy destructores, y no sabían convivir con nadie,  sino con los de su especie.
-Ahora estamos acabados. Son Orcos- sollozó en voz baja Lucecita.
- No te preocupes yo te protegeré- Tenemos que cruzar ese río como sea.
-Allí están las pirañas- gritó angustiada Lucesita
Carlos vió las alas de la pequeña hada. Como no se le había ocurrido. Por lo menos la muchacha podía cruzar el río.
-Lucecita, tienes que cruzar el río. Tú puedes volar- le dijo Carlos
- Y tú, vas a quedar a merced de esos Orcos- le reclamó Lucecita.
- No te preocupes, ya me las ingeniaré- le respondió.
- Necesito los rayos del sol para volar- le dijo la pequeña hada.
-Tenemos que salir de este escondite- le dijo Carlos.
- Vamos, no lo pienses tanto, vuela hasta el otro lado del río- le dijo con severidad Carlos
Lucecita salio de su escondite y sintió en su pequeño cuerpo los rayos del sol, y extendió sus pequeñas alas, y cruzó volando hasta llegar el otro extremo del río.
-No mires atrás. ¡Vete! le gritó Carlos.

Los Orcos escucharon las voces y se dieron cuenta de la presencia de Carlos. Un Orco mugroso lo agarró fuertemente por los brazos. Sin embargo, Carlos estaba muy decidido a defenderse. Le dió un puntapié, y corrió rápidamente hacia el río.
- No tienes salida. El río se encuentra lleno de Pirañas.
Carlos era un muchacho muy decidido, y saco su arma. Dio varios disparos con su escopeta, y cayeron al suelo dos Orcos. Los duendes lo miraban de reojo con temor y desconfianza. Carlos vio una pequeña rama en el agua. Si se las ingeniaba, podía cruzar hasta el otro extremo del río.
La idea era que no lo vieran las pirañas. Sin pensarlo dos veces saltó desde una piedrecilla hacia la pequeña rama, y se escondió debajo de las hojas.

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miércoles, 28 de julio de 2010

El viaje a la montaña



Capitulo VI
El viaje a la montaña

Carlos tenía mucha hambre, así que decidió buscar algo afuera. Vio a Lucecita de reojo, se había quedado dormida. La pobre no había dormido bien. Había estado hablando medio dormida casi toda la noche. Pobrecita, la dejaría que descansase un rato.

El sol había salido. Debía ser como las siete de la mañana. Llevaba el rifle en sus manos. Decidió que no se iba dejar defender por el miedo, y dejarse amedrentar por esos duendes mugrosos. La hierba era muy alta, y podía percibir la presencia de algunos insectos por lo que iba con cuidado.

Camino unos cuantos metros y vio un gigantesco matorral. Estaba lleno de moras. ¡Que tamaño tenían! Sin pensando dos veces trepo por el matorral y le dio con el extremo de su rifle. Cayó rápidamente al suelo. Estaba muerto de hambre, ya se llevaría un poco para comérselo como desayuno, pero no sucedió así. Un gigantesco pajarraco apareció de los aires, y se llevo la ansiada mora.
Carlos no se decepciono. De alguna manera encontraría comida. Sintió el sonido de una cascada de agua, camino y descubrió un caudaloso río. Estaba lleno de peces. Eran tan pequeños como el. Pero los peces se movían muy rápidamente. Había uno muy distraído comiendo una pequeña alga. Le agarro la cola y con mucha fuerza lo arrastro hasta la orilla. El pobre brinco tantas veces que pensó que lo podía aplastar. Se lo llevo arrastrando hasta la cueva llevando previamente un poco de agua en su cantimplora.

Cuando llego ya Lucecita ya se había despertado.
-No vamos a pasar más hambre-. Toma un poco de agua le dijo gentilmente Carlos.
- ¿Y cómo nos vamos a comer ese pescado? ¿Crudo? – dijo Lucecita con desprecio
-Pásame esas ramas, y frota esas piedras hasta que logres producir fuego- le dije
Carlos atravesó el pescado con una pequeña ramita, y después de que Lucecita logro producir el fuego, empezó a cocinar el animal.
-Toma, ya esta listo- le dijo con gentileza.
- Que hambre tenia- dijo Lucecita. Estaba riquísimo.
-Tenemos que apurarnos. Vamos a escaparnos. No pienso permanecer aquí mucho tiempo- comentó Carlos.
-¿Y dónde vamos a ir?- pregunto lucecita
- Tú conoces estas tierras más que yo, algún sitio tiene que ser mas seguro

Terminaron de desayunar y salieron con premura de la cueva.
-De otro lado de la montaña vive Gruñón. Es un viejo mago. Un poco malhumorado, pero de buen corazón. A lo mejor nos puede ayudar- dijo la pequeña hada.
- Es un poco lejos, pero lo lograremos- contestó Carlos
Carlos y Lucecita se echaron un trayecto de tres días hasta llegar cerca de la montaña. Cuando los duendes descubrieron el escape de los muchachos se pusieron furiosos.
-Vamos a buscar a los orcos- Seguro que fueron a la montaña a localizar a Gruñón. Tenemos que impedírselos. Si lo logran adiós recompensa- dijo uno. de ellos

Los duendes fueron al valle de los Orcos. No quedaba muy lejos. Y hablaron con el viejo Panomariz.
-Hola Panomariz. Queremos proponerte algo. Un muchacho y la hija del viejo Elfo están perdidos. Te propongo que los atrapes, y a cambio recibirás toda mi olla de oro.-dio Capecius
El Orco sabia que los duendes eran muy engañosos, así que desconfío un poco de el.
-y, ¿Como sé que me entregaras tu oro? Tu eres muy avaricioso, justamente por eso te desterraron de la tierra de los Elfos.
- Toma como adelanto esta pequeña bolsa de monedas- le dijo el viejo duende
- Ya eso es otra historia- le contestó el Orco. ¿Y cuál es tu interés en atrapar a esos muchachos?
- No me interesa mucho el humano, pero la pequeña hada si- le dijo malhumorado
- ¡Hay un humano! Eso cambia todo- le respondió Panomariz
- ¿Les tiene miedo a esas criaturas? Le pregunto burlonamente
- Dicen que es una raza muy osada, muchos no conocen del miedo y son además muy impredecibles- le respondió el Orco.
- No me digas que te vas a echar para atrás- le dijo el otro duende.

El viejo Orco llamo a sus hermanos un poco más repugnantes que él mismo. Eran malolientes, llenos de gusanos con un color lodo oscuro en la piel. A los duendes le repugnaban, pero iban a necesitar ayuda.


Continuará

viernes, 23 de julio de 2010

Capecius, y Lunmix


Capitulo V

Capecius, y  Lunmix


Instintivamente Carlos abrazó a Lucecita, era tan frágil, tan hermosa, y su cabello olía a flores silvestres. El muchacho se percató de que su piel se había tornado de color naranja. Se imaginaba que la pobre estaba muy asustada.
El dragón se les quedo mirando fijamente, ya no había marcha atrás. Iban a ser incinerados por el animal. Por lo menos eso es lo que pensaron ambos en ese momento.

En una cuestión de segundos oyeron unas voces en el bosque. Carlos no distinguía de donde provenían.
- ¡Pobrecitos! Van a ser incinerados por Lucius dijo un pequeňo duende.
- Vamos a convertirlos del tamaňo de esa hormiga contesto el otro
- No sobrevivirán aquí.
- Peor es ser victima del malhumorado de Lucius.- dijo uno de ellos.
Carlos y juraban que no iban a salir de esta, pero sin saber como se vieron del tamaňo de un ratón. El dragón los busco por todos lados, y empezó a oler los matorrales. No los encontró, y furioso extendió sus alas y se alejo volando a la distancia.
La situación no era nada amable. Carlos y Lucecita vieron a los duendes sorprendidos.
-Gracias- dijo Carlos con cortesía.
-Por nada. De todos modos este favor no va ser de gratis- dijo uno de los duendes de malas maneras.
- Deja que Petrifix sepa que su hija se encuentra con nosotros. No se va burlar más de nosotros- dijo uno de ellos. Ese elfo es un arrogante. Pero ese humano podría ser un problema, no se aparta de ella-dijo con suspicacia
-Mi padre va mandar ejército real con los mejores unicornios y Centauros. No se saldrán de esta- le dijo la muchacha indignada.
-No estas en condiciones de exigir nada. Estas atrapada, y solo nosotros sabemos como volverte de tu tamaňo original- respondió uno de ellos
- Se puede saber ¿Quienes son ustedes? Pregunto el muchacho.
-Yo soy Capecius, y el es lunmix- dijeron a regaňadientes. Es mejor que nos sigan.
La situación no se podía convertir en algo peor. Se habían salvado del dragón, pero ahora eran prisioneros de esos duendes.
-Si se quedan solos varados por el bosque serán victimas de cualquier animal, así que les recomiendo que nos sigan- dijo Capecious.
Carlos y Lucecita estaban resignados. Siguieron a regañadientes a los duendes malolientes hasta que llegaron a una cueva mugrosa.
-Aquí podrán pasar la noche- Mañana negociaremos el rescate con el padre de Lucecita. Dijo uno de ellos.
- No intenten escapar. Ya es de noche, y en este bosque las águilas se alimentan de los seres pequeños, y pueden ser confundidos con cualquier animal- dijo uno de ellos riéndose.
La noche se nos hizo muy larga, aunque Carlos y Lucecita estaban muy cansados, no pudieron cerrar los ojos debido a los ruidos de pájaros y insectos que se oían en las cercanías.

Continuará

sábado, 17 de julio de 2010

Lucecita y el Dragón





Capitulo IV
Lucecita y el Dragón

Carlos se encontraba reposando después de un buen almuerzo cuando la vio. Era como una aparición, su belleza era infinita como extraña. Ante él se encontraba una muchacha de unos profundos ojos azules con unos cabellos verdes como las algas del mar con un tono de piel verde manzana, y el resplandor del sol adornaba su piel con pequeñas escarchas.
Se encontraba tan hipnotizado que no pudo emitir palabra, y se dio cuenta de que se había prendado totalmente de ella.

-Oye, ¿Qué te pasa? Muchacho, estas actuando muy raro, cualquiera diría que nunca has visto una hada- le dijo la muchacha.
-Hada…hada… - repitió sin parar.
- Me llamo lucecita, ¿y tu?- pregunto intrigada
- Carlos, vengo de muy lejos- le explico a la muchacha
- Ya veo- ¿Dónde esta tu poder?-
- ¿Poder? ¿A que te refieres?- pregunto Carlos sorprendido
- Tú sabes, el don con que nacemos todos los que nacemos por estas tierras- le explico la muchacha
- Yo no tengo ningún poder- No soy de aquí.– dijo Carlos con temor.
- ¿Qué eres? ¡Un humano!- retrocediendo a un pequeño matorral con temor
-No te asustes. No te haré daño- le dijo tranquilamente Carlos
- Los humanos no saben convivir en armonía. Eso dice mi padre, y son muy dañinos. No entienden de la magia- le respondió de malas maneras.
-Eso no es cierto. ¿Y como los sabes? ¿Han visto anteriormente a alguno? Le pregunto Carlos ya enfadado.

Lucecita estaba tan entretenida que no se dio cuenta de la presencia de una bestia feroz que volaba por los aires.
Carlos sin pensarlo dos veces la agarro de la mano, escondiéndola detrás de unos matorrales.
-Me salvaste la vida- respondió Lucecita. Si Lucius me ve, me puede incinerarme, aunque mi padre dicen que son inofensivos, pero yo no lo creo.
-¡Inofensivo! Esa bestia- comento el muchacho con indignación. – Vamos a escondernos detrás de estos matorrales para que no nos descubra.
Pero el dragón no se fue, aterrizo a orillas del río para tomar un poco de agua. Nosotros observábamos todo, Carlos estaba aterrorizado.
-Esta planta me da alergia- dijo Lucecita, y no pudo contenerse y estornudo con todas sus fuerzas
El dragón volvió la cabeza y se quedo mirando fijamente a los dos muchachos. Era una bestia increíble de color naranja.
-Ahora no sobreviremos-dijo sollozando Lucesita

Continuará....